sábado, 15 de noviembre de 2008

CAPITULO 2: UNA AMBULANCIA CON WHISKY

Me llamo Sven y morí ayer o tal vez la semana pasada. Realmente no sé qué sucedió. No sé si fue una inyección de veneno en las venas o si me estallaron una botella de whisky en la cabeza. No sé. No sé. O si me abalearon en la puerta del Bar Anaconda. O tal vez en el Bar Los Moluscos. Lo único que recuerdo son las luces de un bar, el baño lleno de vómito y una canción, With or Without You, en el fondo del recinto, en el fondo de las luces, en la lluvia, un letrero en el espejo que decía “entonces le diré que nunca más me pondré esta ropa”, un teléfono, una ambulancia, una puerta blanca y de nuevo alguien que decía oye tranquilo yo puedo vivir sin ti, tranquilo With Or Without You, doce de la noche mierda, se nos muere, mucha heroína, mucho alcohol, mucha tristeza, mierda, quédese tranquilo, relájese, piense en un cielo azul, en una ciudad con edificios blancos, sueñe con un potrero lleno de naranjas, con una mañana con una lluvia de aves negras, piense lo que se le dé la gana, mierda se nos va, tranquilo With Or Without You.
En la ambulancia me sentí como un muñeco de trapo. Un muñeco de trapo abaleado por las luces de la sirena, el mareo, la noche y el olor de la sangre. Tenía ganas de cagar diamantes. Cerré los ojos y de pronto me sentí como un árbol atravesado por cuchillos blancos.
Creo que en la ambulancia me enamore de la enfermera. Era una enfermera como la de las películas, un poco con los ojos claros, con las manos finas poseía ese olor a sangre con perfume de rosas, ese perfume, yo no sé, que me mareaba, que me enloquecía, ese perfume que sabía a doce de la noche, a mírame preciosa antes de me muera. Le dije a la enfermera que me parecía conocerla, que tal vez la había visto en un parque leyendo algún libro, que tal vez la había visto en alguna lluvia o que a lo mejor el calor de su cuerpo me recordaba el aliento en las mañanas de sol. Pero, puta mierda. Ella me dijo que no le gustaban los parques. Falsa alarma. Y pensé yo a ésta la he visto en alguna parte, mierda, ésta tiene cara de caminar por las calles, tiene cara de cantar Spend The Nigth Together. Olía a limpio, a alcohol. Creo que le dije oye preciosa ¿me quieres? Y ella respondió claro precioso, te quiero, pero quédate quieto. La sirena siguió aullando y creo que estaba muy mal cuando pasamos por la Avenida Blanchot porque alcancé a escuchar el murmullo de la gente en los bares, en las calles, en los parques. El murmullo de los calles se me escapaba definitivamente por entre el pliegue diminuto de los dedos y de la risa. Mierda. El ruido de la calle, el olor de la calle, el perfume del mundo se estaba diluyendo vertiginosamente en el reflejo de la lluvia y entonces le dije a la enfermera que siempre había querido una muerte así, con violencia, con whisky en la mitad de los sesos, una muerte nocturna y en una ambulancia con una enfermera que me dijera que pasáramos la noche juntos. Ella me respondió que me quería dar un beso en la mitad de mis sueños ensangrentados. Claro preciosa. La sirena siguió aullando como una perra herida que corría rompiendo el aliento caliente de la noche.
El hospital era triste. En urgencias había un marica acuchillado. Tenía la cara descompuesta y su perfume barato se mezclaba con el olor de su sangrecita escandalosa. A un lado había un atropellado. Mas allá un borracho. También una chica con sobredosis. En todo caso el recinto olía a whisky, con sangre y a algodón. La noche estaba descompuesta. La noche se estaba cayendo a pedazos a mí alrededor como un absurdo naipe donde definitivamente nadie ganaba.
La enfermera me dijo fresco muñeco, nada va a pasar, abran paso, se nos va, mierda, y yo estaba pensando en mi número telefónico para dárselo a ella y decirle pasemos la noche juntos, pasemos la noche bajo la lluvia, soñemos bajo la lluvia, seamos la lluvia, seamos una hoja seca. La camilla siguió avanzando a través de un pasillo lleno de gente en silencio. La gente me miraba con esos ojos que decían pobre chico, tan joven, tan sano, tan blanco, y yo desde la camilla les dije tranquila gente, no soy tan sano, ni tan limpio, ni tan creyente, no me lavo los dientes todas las mañanas como ustedes, no me cambio de medias todos los días como ustedes, no leo tantos libros, no hago deporte ni rindo tanto en el trabajo como ustedes, tranquila gente.
No veía el hospital desde la última sobredosis de un amigo que se inyecto whisky en las venas en un wc de un bar luego de una decepción amorosa. Le dije a la enfermera que no me dejara, que estuviera conmigo todo el tiempo y que por favor encendiera un cigarrillo, claro precioso, toma un cigarrillo, dijo ella y entonces me acarició la cabeza suavemente como si mis sueños fueran copos de algodón. El cuerpo. La noche. La sangre. Dentro de mi cuerpo una mano invisible y caliente escarbaba y sacaba manojos de luz y silencio. Un hueco negro se estaba abriendo paso a paso a través de los huesos y lo estaba llenando de sangre y ruido. Después llegó un médico y dijo que el asunto era grave, que no me moviera, que de que grupo sanguíneo era y le dije que de grupos sanguíneos poco, que si quería le hablaba un poco de grupos de rock. Un poco de Jimi Hendrix Experience, de Cream, qué va, dijo el médico, el asunto es grave, y entonces miré a la enfermera y me dieron ganas de estar con ella en una fiesta bailando Spend The Nigth Together, ganas de estar con un vaso de vodka, ganas de darle un beso en la mitad de los dientes blancos, ganas de decirle nena vámonos de aquí y hacemos el amor en la playa, ganas de estar en sus manos llenas de árboles. Sin embargo ya estaba muy mal, estaba mareado y el techo se movía encima, afuera llovia y no me acordaba ya si me llamaba Sven o Axel o si era viernes o sábado o jueves en la mañana, tranquilo I can live with or without you. No sabía si tenía realmente ganas de morirme o ganas de desangrarme en la mitad de la lluvia mientras le decía a la enfermera me gusta tu perfume, me gusta la forma como me inyectas el suero, me gusta la forma como me tomas el pulso, me gusta tu pelo, me gusta el sabor de tu boca, me gusta cuando cantas Spend The Nigth Together, me gusta ese reloj que da la media noche, me gusta que me acaricies la cara mientras me desangro, me gusta cuando me dijiste tranquilo muñeco, todo va a salir bien, piensa algo lindo, y claro, yo le dije que iba a pensar algo lindo, y pensé que le regalaba flores con vodka en una mañana de sol y que llegaba a su puerta y hacía sonar el timbre ding-dong y le decía hola preciosa, tranquilo muñeco, pero ya no sabía si era RH positivo, RH negativo, si era negro o blanco o sambo o mulato, cristiano, budista, ateo, asalariado, independiente, comunista línea Pekín, comunista línea Moscú, no me acordaba si me gustaba el café con dos cubitos de azúcar o con tres cubos, si estaba en la Habana o en Praga, en Bruselas o en París, en un hospital o en un muladar, tranquilo nene.
Después me llevaron al quirófano, y varios médicos con cara de ballenas blancas se me echaron encima, fresco locos les dije, grave asunto dijo uno de ellos y giré la cabeza y en la puerta vi a la enfermera que me mandaba un beso con las manos, con la punta de los dedos. Estire los brazos. Hice todo lo posible por atrapar ese beso invisible que venía hacia mí y creo que lo atrapé porque sentí un calorcito en la palma de las manos y deseé no morirme, deseé en ese momento con todas mis ganas ser el conductor de esa ambulancia para verla todos los días, para decirle oye preciosa ¿me quieres?, para cantar junto a ella Spend The Nigth Together en las mañanas de sol, pero en ese momento morí.
Cuando salí del hospital la ciudad había sido destruida por completo. Era un viernes y hacia sol, pero también llovía. La mañana olía un poco a whisky, un poco a Philip Morris Products Inc. Richmond, Va Flip Top. La mañana era una prisión de luces amarillas, una prisión con cielo azul y hojas secas. Pensé en Amarilla, que se había ido una semana atrás. Deseé con todas las ganas del mundo entrar con Amarilla en algún bar tomando una copa y viendo alguna pelea. Simplemente estar con Amarilla y verla a través del efecto del vodka y después salir a la calle, a algún parque y decirle tranquila muñeca, yo te amo, tranquila muñeca, yo te quiero, tranquila muñeca, todo va bien, tranquila muñeca, el próximo sábado te llevo al hipódromo y apostamos por LCD o por Sandinista, tranquila muñeca te compraré gafas de sol y nos emborracharemos toda la tarde, no importa el LCD no gana, no importa, sólo importa que estemos los dos, luego iremos a la playa a ver los barcos, contaremos los barcos, soñaremos que estamos en África, en Asia, tranquila muñeca, llevaremos todos tus gatos, de eso puedes estar segura, tranquila muñeca, los dos estaremos presentes en el leve perfume de los árboles en las mañanas, seremos árboles, seremos hojas, seremos el viento, tranquila muñeca, nos desmoronaremos lentamente en las mañanas de lluvia, en las mañanas de sol, y luego, cuando pasen los días, no tendremos ni las mañanas, ni la lluvia, ni el sol, tranquila muñeca, también llevaremos vodka y whisky para ensopar los días, mañanas y las noches, los minutos, las horas, las hojas, las nubes, el cielo, el aire, las calles, las montañas con alcohol, con ruido, con babas, con sudor.
Tranquila muñeca.
Durante varios días camine sin rumbo fijo por las ruinas de la ciudad. Finalmente llegue al malecón. El mar estaba en calma. Llovía. No había nadie. Al final del malecón había un pequeño bar. Se llamaba El Café del Capitán Nirvana. Eran las doce del día y cuando me acerqué sonaba I Shot The Sherif. Era lunes y no pude obtener satisfacción. Me senté en una de las mesas exteriores del Café de Capitán Nirvana y hombre salió a atenderme. Era la primera vez que veía a alguien en muchos días y le dije al hombre que si había visto a una enfermera de ojos claros que cantaba Spend The Nigth Together por allí y el hombre me dijo que no. Bueno, entonces pedí un vaso de vodka con hielo y no pude obtener satisfacción. Cuando el hombre me trajo el vodka le pregunté su nombre y me dijo que se llamaba Max y le pregunté esta vez por Amarilla, que si había visto a Amarilla, que olía a rosas. Max me dijo que me tranquilizara, que me limitara a respirar. Claro Max. Me tomé el vodka lentamente. Mire hacia el mar. Era mediodía y una gaviota revoloteaba encima del Café del Capitán Nirvana y no pude obtener satisfacción.
Ese día le dije a Max que si me podía quedar allí, que no tenía a dónde ir. Max dijo que claro, que solamente cerrara los ojos, que me tomara todo el vodka que quisiera y que escuchara I Shot The Sherif. Después Max puso algo de Wagner y dijo que adoraba a Wagner en las mañanas y que siempre lo ponía porque esa mezcla de tristeza, mar y vodka y además confiaba en Wagner porque alguna vez leyó que era un tipo que era capaz de componer mientras cagaba y que eso era suficiente para confiar en él. Claro Max.
Los días en el Capitán Nirvana eran realmente tediosos. En las tardes siempre nos cogíamos a golpes con Max, porque él decía que era para no perder la costumbre. Entonces Max se dirigía al afiche de George Foreman que tenía colgado en el interior de Café del Capitán Nirvana y se postraba enfrente, se echaba la bendición, en nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo y luego decía oye Foreman ¿otro golpe? Y Foreman le decía desde el afiche, claro Max, otro golpe. Entonces salía e improvisaba con las mesas del bar un ring de boxeo y me decía oye Sven ¿preparado? Y yo le respondía, claro Max, preparado. Atención, round número uno. El Café del Capitán Nirvana presenta esta tarde a Max, El Asesino del Malecón, treinta peleas por la vía del sueño, poderoso jab de izquierda, una cortadura en la mejilla derecha, un Cadillac rojo para llevar a las muñecas después de la pelea. Y en la otra esquina Sven, Cara de Tigre Cansado, veinte peleas por la vía del sueño, diez perdidas, tres entradas a la cárcel por abuso de alcohol y drogas. Luego de media hora la sangre empezaba a correr por las narices y entonces parábamos y seguíamos tomando vodka. Recordábamos la cárcel, la calle, las hamburguesas con grasa, la cerveza, en fin ese olor Philip Morris Products Inc. Richmond, Va Flip Top Box Made in USA que se iba pegando a los cuerpos, el cielo de las mañanas, a los días y a las noches, recordábamos esas mujeres que olían a whisky, y a esas mujeres por la que uno era capaz de matar a un comisario, esas mujeres por las que uno es capaz de escribir su nombre con sangre sobre la superficie de un lago congelado y claro, siempre le hablaba a Max de la enfermera que había conocido la noche que morí, y le decía oye Max, la hubieras visto, me mando un beso invisible en el quirófano mientras cantaba Spend The Nigth Together y me dijo tranquilo muñeco y yo le respondí tranquila muñeca y no pude obtener satisfacción.
Con nosotros estaba Joe, un pequeño fox terrier que habíamos rescatado con Amarilla la noche que ella se fue. Joe el pequeño fox terrier tenía pelo de alambre siempre dormía entre mis piernas. Siempre lo acariciaba y le echaba un poco de humo azul cerca de la nariz y le decía animo Joe, porque Joe siempre estaba como triste, como bajado de nota, como si se hubiera dado cuenta de que los días eran tristes y opacos y grises y entonces le volvía decir animo Joe, pero Joe me miraba con sus ojitos negros, roticos, tristes, y nada parecía animarlo. A veces le daba un poco de vodka, le ensopaba su boca en vodka. Ánimo Joe. Mierda, que perro tan triste.
Del Café del Capitán Nirvana sólo quedaba las mesas y el aliento ausente de sus mujeres, ese aliento animal que se escurría por el filo de los vasos llenos de licor, por el filo del perfume ido de sus primeros días. Las mañanas se filtraban en los cuerpos lentamente como inyecciones, pequeñas inyecciones de algodón, inyecciones de sueños, plenos de arena, whisky, sangre, sudor, lágrimas, tetas, culos y humo. Pensar, tomar, fumar.
Levantarse. Acostarse. La sangre. El whisky. La luz. El humo. Los días. Sus mejores días. Esos días llenos de nalgas ciertas, tetas inciertas, calzones certeros, de licores, de cigarrillos, de horas eternas que pasaban bajo luz, días que se fueron diluyendo como cubos de hielo. Fueron días grandiosos. Las mañanas siempre olían a cabellos profundos, dorados. A venado limpio. En las noches se organizaban peleas de boxeo y las mujeres hablaban con todo el mundo. Las noches olían y no había preocupaciones. Los días pasaban a través de la luz, a través del olor de los árboles, los labios, las nalgas, la espuma del mar y el olor del wc. La sangre. El whisky. Los labios. El wc. La luz. Las nubes. Las nalgas. De pronto la felicidad era ir al wc, cagar en paz, pensar en paz, amar en paz, odiar en paz. Los sábados iban al hipódromo a apostar a caballos que tenían nombres hermosos, míticos, caballos que se llamaban El Trofeo de Elías, La Lechuga de Vladivostok, y se embriagaban en medio del olor a arena de aquellos sábados y luego regresaban al Café del Capitán Nirvana a hablar de boxeo, a regar un poco de sangre en las mesas. Regresaban con los cuerpos llenos de agujeros, con la mirada vuelta mierda, con las manos llenas de lluvia y se sentaban a fumar, aplastaban los traseros en los asientos del Capitán Nirvana abaleados por el humo azul del Philip Morris Products Inc. Richmond, Va Flip Top Box Made in USA mientras se consumían el aliento invisible de los días y las noches. La sangre. El whisky. Pensar. Dormir. Fumar. Levantarse. Acostarse. Culear. Los labios. Las nalgas. Puta vida. Las mañanas llenas de pequeñas luces inútiles. El wc.

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