sábado, 29 de noviembre de 2008

CAPITULO 4: LOS OJOS DE GARY GILMOUR

El primer recuerdo. La cárcel. El cielo azul y los patos salvajes. Siempre el mismo maldito cuento. Claro. El cuento del paletero Danny. La cárcel. El cielo azul. La cárcel y su olor lejano, ausente. Max nació en la cárcel. Su madre había sido prisionera por haber matado a su marido. No importa por qué lo mató. Solamente importa cómo: Le lleno la boca de lechugas, remolachas y espinacas y ahogo y le dijo te vi cerdo. Hasta nunca. En todo caso Max nació en la prisión, celda número 56, patio 5.
El primer recuerdo de Max son las máquinas de coser Singer que alguna vez donó algún alcalde. Todas las mañanas las reclusas se ponían a coser ropa cerca de las ventanas mientras Max jugaba con la única pelota de basket que había en el patio número 5. A su madre le decían la Pielroja. Tenía el pelo negro y sus manos parecían para matar coyotes en las noches de luna. Todas las noches la Pielroja le contaba cuentos a Max en la celda número 56. Comían en el mismo plato. Siempre era lo mismo. Sopa Maggi de minestrone, una mogolla y café negro.
Cuando Max nació las otras reclusas jugaban con él. Lo disfrazaban de perro y por poco lo vuelven marica. Creo que definitivamente lo salvó un pequeño radio que se robó de una celda vecina.
Definitivamente los home runs de Pete Rose y los puños de Alí, de Foreman y Frazer lo salvaron de aquello. Todas las noches, después de que su madre le contaba algún cuento, siempre el mismo maldito cuento, ese que decía que el paletero Danny se había ido a África a vender paletas de vainilla para la pandilla y paleta de melón para el león, Max se quedaba escuchando las peleas de boxeo. Pero no tenía con quien hablar de Foreman porque su madre y las otras reclusas siempre estaban parloteando de corpiños, de ligueros, de la puntada francesa, de las agujas.
Con el tiempo Max se fue ganando la confianza de los guardias. Fue así como poco a poco conoció los otros patios de la prisión. Con el guardia Monroe por lo menos podía hablar de boxeo y de los deportes. Fue Monroe el que lo llevo a la celda número 90 donde estaba Gary. Gary Gilmour, condenado a la silla eléctrica. Gary tenía unos ojos azules profundos. Era huérfano y en su juventud había cantado en el metro para no morirse de hambre.
Gary olía a limpio y su camisa azul número 676869 le quedaba algo grande. Gary tenía una extraña expresión en la mirada. En efecto, Gary era un poco tigre, un poco paloma, un poco pato salvaje. Gary tenía la lógica de las aves. O de las hormigas. Era silencioso. Pasaba los días metido en aquellas rejas. A través del olor de las galletas y el café. Caminaba de pared a pared como los gorriones. Despacio. En silencio. Y tal vez pensaba en el olor a pan de los días. En ese olor que llegaba hasta su puta celda. Es olor que se le iba por entre los ojos, por debajo de sus silencios, por debajo del olor de sus calzoncillos. Mierda. El olor de los días de Gary detrás de unas rejas. Gary extrañaba el olor de las calles, de esas calles llenas de luces, ruidos, buses y mujeres. Mierda. En la prisión sólo olía a desinfectante. El olor del mundo estaba del otro lado. Del otro lado estaban esos pequeños olorcitos que conformaban los días. El olor de unas babitas dormidas, el olor de rubias, ese perfume animal, el olor de las téticas, ese olor parecido a la felicidad, el olor del licor, de la tarde, de los árboles, en fin esos olores que venían de los bares, de los techos, de las ventanas, de la ropa, de la lluvia y de las personas de la calle. El olor de las mañanas. Gary tenía una leve sensación de que lo mejor de la vida siempre sucede en las mañanas. Las mañanas eran un lapso de tiempo transparente, una delgada franja invisible donde se tejían los sueños, las palabras, los parques y el whisky. Estaba convencido de que en las mañanas se fabricaban las mujeres. Los árboles de la mañana. El resto del día era idiota. No valía la pena vivirlo. Lo mejor siempre sucedía en ese tejido de pequeñas nubes, en ese tejido absurdo que contenía la lluvia, la nada, el mareo, la locura, la mierda, las aves y la luz.
El silencio. Poco a poco se fueron haciendo amigos. Max comía en el mismo plato de Gary y hacia pipi en su bacinilla blanca. Con el tiempo Gary le consultaba todo a Max, sobre todo lo que tenía que ver con la relación entre los días y las aves. Para Gary los días pasaban según el estado de ánimo de las aves. Los lunes siempre pasaban los patos salvajes y rompían con su aleteo el murmullo gris de la prisión. Los martes las palomas se posaban en las mallas de alambre y se quedaban toda la mañana quietas, inmóviles, alucinadas. Los miércoles eran tal vez el día de los gorriones. Estos bajaban hasta el patio y picoteaban el asfalto buscando las moronas de pan. Los jueves y los viernes nunca había aves. El silencio. El olor. El día.
- Esos son mejores para morirse. Esos dos días las aves están en otra parte, lejos del olor del mundo
- decía Gary.
Gary le enseño a Max las reglas del beisbol, sus trucos.
También le conto que había cogido un batazo de Pete Rose el día en que asesino a su víctima número doce. Fue en un ascensor. Era una rubia que trabajaba en un bar cercano de donde Gary vivía. Gary nunca pudo soportar que aquella rubia no le hubiera aceptado la invitación para ir el sábado a la playa. Gary había llegado de un partido de beisbol y realmente se sentía inmortal. Había logrado atrapar una pelota que Rose había mandado a las graderías donde él comía palomitas de maíz. Gary considero que si un home run de Pete Rose había llegado hasta sus manos podía levantarse a aquella rubia del bar. Pero no fue así. Creo que la rubia prefería a los camioneros. Y Gary no era camionero. Su profesión era solitario. Gary vivía solo, comía solo, cagaba solo, lloraba solo, soñaba solo. Por eso después del partido de beisbol, con la pelota entre su bolsillo, se subió al bus, soñó despierto con la rubia de la cual no se sabía el nombre pero que tenía ganas de llamarse Porfiria. En todo caso algún nombre extraño, porque Gary clasificaba las mujeres por su modo de caminar y ésta caminaba dando pequeños salticos de venado asustado. Mientras iba en el bus, Gary soñó que invitaba a Porfiria a la playa. Soñó con la espuma del mar, con un traje de baño rojo, con una cerveza fría, con un aliento rubio entre sus manos, atrapado entre sus dientes. Entonces llegó al bar, se le acerco y le dijo:
- Hey Porfiria, tengo un home run de Pete Rose entre mis manos y eso me hace feliz. Eso es la felicidad. Y por eso te voy a invitar el sábado a la playa y tomaremos cerveza fría mientras el sol revienta en nuestros cuerpos en tu pelo que huele a fresa.
Pero Porfiria o como se llame no le hizo caso. Gary sintió que de nada había valido ir de esa tarde al estadio a ver a Pete Rose. Por eso siguió a Porfiria hasta los apartamentos Le Pavillon y esperó a que oprimiera el botón del ascensor. Tal vez pensó en darle una última oportunidad. Tal vez pensó en decirle que quería desayunar café negro cerca de sus babas perfectas, cerca de sus nalgas rosadas, cerca de sus dientes blancos, cerca de su olor a crema dental biflúor, pero Porfiria se metió en el ascensor. Gary hizo lo mismo y la mato a golpes con la bola con la cuál Pete Rose había hecho el home run aquella tarde de domingo a las tres mientras comía palomitas de maíz y estaba sentado sobre una cachucha azul para no ensuciar sus pantalones nuevos.
Una mañana el guardia Monroe le dijo a Max que la corte había fijado la fecha de la muerte de Gary. Max jugaba con la pelota de basket. La estaba haciendo rebotar contra el muro. El cielo estaba azul y del otro lado llegaban los sonidos de los autos que pasaban a toda velocidad y también el murmullo del viento contra las montañas. Monroe le dijo a Max que a la mañana siguiente ejecutarían a Gary en la silla eléctrica. Max se dirigió a la celda de Gary y como todas las mañanas Gary daba la impresión de ser un profesor de historia o algo por el estilo. En efecto, en las mañanas siempre tenía el pelo recién mojado, estaba bien rasurado y fumaba mientras observaba había el único árbol de la prisión. Se trataba de un urapán verde donde las palomas se posaban todas la mañanas a picotear las hojas y beber el rocío que se hallaba en la copa del árbol. Gary le tenía un nombre a ese árbol. Lo llamaba Zimbawe. Gary decía que en la próxima reencarnación sería un pastor de cebras en Zimbawe y que pasaría todos los días observando su manada de cebras blancas y negras tostado por el sol mientras comía cerezas salvajes.
- Tal vez me llamaré Zumbwer y mediré casi dos metros y tendré una mujer de senos flacos y morenos que hará pan tostado en una hoguera cerca de la choza.
Cuando Max llegó a la celda Gary cantaba get back get back get back to where you belong get back go home get back get back get back. Gary le hizo jurar a Max que iba a cuidar de Zimbawe y que le daría de comer a las palomas. Le dijo que el cocinero siempre dejaba sopa Maggi en la alacena y que eso les gustaba a las palomas. Max juró que así lo haría todas las mañanas.
La ejecución estaba programada para el otro día a las siete de la mañana. Lo único que pidió Gary Gilmour fue que le pusieran I Can’t Get No Satisfaction cerca de la silla eléctrica. También pidió que le dejaran leer los diarios y aquella parte de la Biblia que decía “muchos son mis adversarios y mis perseguidores, pero no me aparté de tus testimonios” y por último que lo enterraran cerca de su árbol preferido, cerca de la raíz de Zimbawe.
Ese día Gary le hizo un regalo especial a Max. De debajo del colchón sacó un bola de béisbol que olía a cama, a estadio lejano, a cerveza, a gritos, a gradería occidental, Gary le dijo que esa bola era el home run que había atrapado en el estadio, aquel lejano día en que mató a Porfiria y que todos los días debía hacerla rebotar contra algún muro de la prisión para recordarle a Dios que Gary Gilmour estaba en el Infierno y que allí se sentía demasiado solo y que lo que realmente deseaba era ir a una pradera de Zimbawe a ver cebras blancas y negras mientras se fumaba un tabaco en las tardes de verano.
Todo ese día Gary Gilmour le habló a Max de boxeo, de los salmos, de cómo sentaría en la silla eléctrica. En la tarde, luego de haber mirado a Zimbawe se sentó en la silla de madera que había en su celda, se quitó la correa y se amarro las manos. Parecía como si estuviera desayunando café negro y tostadas con mantequilla. Entonces empezó a cantar una canción y dijo que en el momento de la descarga iba a pensar en una larga autopista sembrada en la mitad de un eterno desierto amarillo que olía a mierda de coyote, a peyote y a babas de india comanche. Soñaría que iría a bordo de un Buick rojo de doce cilindros con el radio a todo volumen.
- Tal vez la sangre no me hierva tanto si pienso en esto –dijo Gary.
Al otro día, a las siete de la mañana, Max se encontraba cerca del pasillo. Gary Gilmour era custodiado por varios guardias. Su rostro dejaba ver una extraña mezcla de sensaciones. Mientras caminaba escoltado por los guardias parecía como si Gary fuese a encontrarse con una mujer solitaria en un bar para invitarla a una copa, pero también tenía esa mirada como si a uno de pronto le dicen que Dios movió el dedo y mierda, es el turno. Nada que hacer. El guardia Monroe se le acercó y lo abrazó como si fuera su propio hijo. Le puso un cigarro en los labios y le estampo un beso de padre. Monroe le hecho a Gary un poco de colonia en la barbilla. Le dio cariñosas cachetadas en las mejillas y le dio la bendición. Gary se arrodillo. En el nombre del Padre, del Hijo y de Espíritu Santo. Gary no quiso recibir al sacerdote de la prisión consideraba que el guardia Monroe estaba más cerca de él que el cura, que solamente se aparecía cada mes y daba un misa campal en el patio de la prisión y luego desaparecía en su pequeño auto. Antes de entrar a la sala de ejecución Gary se acerco a la ventana donde estaba Max y le dijo con los ojos no olvides lo de la pelota de béisbol Max no olvides a Zimbawe no olvides darles sopa de Maggi a las palomas en las mañanas cuida a la Pielroja yo sé porque te lo digo no olvides la curva número 7 era la que siempre cogía Pete Rose los domingos cuando el cielo estaba azul.
La ejecución fue rápida. Duro menos de un minuto. Mientras duro ese minuto el pequeño Max cantó “get back get back get back to where you belong get back go home get back get back”. El cielo estaba azul y mierda no había señales de Dios en las nubes. Mierda. El silencio estaba en otra parte. Las aves estaban en otra parte. El día, las nubes y el café se hallaban ausentes, lejanos. El silencio. La silla eléctrica. Los sueños podridos. El silencio.
Max lloró durante una semana y en esos días se olvido de ir hasta el urapán a echarles sopa a las palomas. No obstante, después lo hizo religiosamente todos los días. También hizo rebotar la bola contra la pared de la prisión para recordarle a Dios que Gary Gilmour no debía estar en el infierno sino en Zimbawe cuidando un rebaño de cebras blancas y negras mientras su mujer de senos flacos y morenos le preparaba el pan en la hoguera cerca de la choza.
- Oye chico. El día de mañana tienes que ser algo grande. Tienes que robar un tren o algo por el estilo.
Eso fue lo que Gary le susurró a Max antes de entrar a la sala de ejecución. El sol inundaba los pasillos de la prisión. El patio número 5 olía a café recalentado. Era jueves o tal vez viernes, porque no había aves en muros.

2 comentarios:

Manucho dijo...

Hola, Gracias por el regalito !!
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Gracias, Marcelo

Anónimo dijo...

Hi,

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